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¿Se apagará el arbolito antes de Navidad? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Emilio Brea   
Wednesday, 20 December 2006
La cercanía geográfica con EU y sus derivaciones comerciales, económicas y sociales, además de las invasiones militares norteamericanas del pasado siglo, nos legaron el accesorio más representativo de las festividades de fin de año y año nuevo.
El arbolito de Navidad está relacionado con estas como el puerco asado a la mesa dominicana. Para colmo transculturalizante, Juanita llegó (siendo colombiana) mucho después que se apeará de su improbable trineo -tirado por insospechados venados- el bonachón gordito que viste de rojo, gasta barbas blancas espesas y viste de lanas de espanto, en medio del caribe antillano, insular y tropical. Fue así como los pesebres, o belenes, pasaron a ser piezas para cualquier museo de la resistencia, junto al lerén, los reyes magos y la vieja belén. Del arbolito desaparecieron muchas cosas, las largas bombillitas burbujeantes con luces de colores, las estrellas que se colocaban en lo más alto, las coloridas bolas sencillamente redondas, el “pelo de ángel” y decenas de pequeñas piezas colgantes que iban desde los clásicos bastones hasta los sofisticados mini castillitos con nieve (¿?) en los tejados…
Cambian tiempos y hábitos, se archivan costumbres y se pausan recuerdos.
La tradición se deposita a plazo fijo y hasta las fiestas presumiblemente patrias, se cambian de fechas, no importa el desfase mental que esto pueda producir en el niño, joven, adolescente y hasta en el adulto sin mucha urdimbre cultural. Total, ya todo se globalizó y estamos en Navidad.
 
La parafernalia se presta para festejar el traspaso de unas fiestas religiosas fuera de fechas pero dentro de épocas climatológicas, comerciales y económicamente activas, y hasta se podría decir, acomodaticiamente, que “políticamente correctas”.
Pero como quiera que sea y/o se vea, todavía no se ha logrado saber cómo es posible que celebremos la Navidad el 25 de diciembre si debiéramos hacerlo el 5 de enero, y todo por un definitivo mandato papal que sin embargo no se cumple.
Bueno, también celebramos “el descubrimiento” el 12 de octubre y debiera ser el 22.
La razón: el desplazamiento de 10 días ordenados y acatados desde que el Papa Gregorio XIII lo hiciera mediante Bula impostergable del año 1,582, todo ese tiempo después tras el nacimiento de Jesucristo y a 90 años del desembarco armado de Cristóbal Colón y sus ibéricos, en las costas de un diminuto atolón del archipiélago ahora conocido como de “Las Bahamas”, no de “América” (¡¡¡y en medio del “Triángulo de las Bermudas”!!!). América sencillamente no existía de nombre.
 
Pero el tema, inducidamente claro tras estas letras de que Colón no descubrió a América pero si a Las Bahamas y luego a “Las Antillas”, será otro y para otra ocasión.
Ahora es Navidad…
 
Cuestión de enfoque histórico
 
La civilización occidental, rigurosamente estudiada como tal, sólo ha conocido dos eras, autentificadas por las adoraciones de reyes y religiosos: la "ab urbe cóndita", que se inicia con la fundación de Roma, y la "ab incarnatione Dómini", desde la Encarnación del Señor, propuesta por el monje Dionisio el Exiguo en el año 527 y que en el 607 asumió como propia el papa Bonifacio IV.
Esa fecha de la Natividad se fijó el 25 de marzo como Fiesta de la Anunciación, y por tanto de la Encarnación. Por lo menos ese embrollo religioso se narra así en las enciclopedias cibernéticas…
 
La fecha fue establecida en el año 753 con la “ab urbe cóndita”; pero luego, sin muchas explicaciones, se desplazó hacia atrás, es decir el 25 de diciembre, y posteriormente al 1ro. de enero, como conmemoración del nacimiento de Cristo, dado que se pretendía establecer que la cuenta de los años empezara con ese acontecimiento, el de la Encarnación. Por ello el Año Nuevo, pero nada sobre lo del 25 de diciembre.
 
Los estudiosos dicen que fue muy costoso (¿?) llegar al calendario único para toda la cristiandad. En Portugal no se adoptó la era cristiana hasta casi las vísperas del descubrimiento de América. Otras "eras" de menor peso específico, por su corta duración, fueron las que impusieron los romanos a los pueblos conquistados: la de Augusto en Egipto; la Antíoco-Cesárea en Asia Menor; la de España; la de los Anni Augustorum; la de Diocleciano; y ya en el cristianismo, en la zona de Oriente, la Bizantina, que empezaba en el año 5,509 a. de C., esta última basada en la cuenta bíblica del principio del mundo.
 
Fue entonces cuando, en 1,577, el Papa Gregorio XIII (Ugo Buocompagni), jurista eclesiástico, elegido Papa el 14 de mayo de 1,572; reunió de inmediato a su intromisión al papado, un grupo de expertos, entre los que destacaron Cristóbal Clavio y Luis Lilio.
Clavio, era astrónomo Jesuíta, el "Euclides de su tiempo" le dicen ahora los enciclopedistas. Fue también  un reputado matemático. El mismo Galileo lo requirió como aval científico de sus observaciones telescópicas. Un cráter de la Luna lleva su nombre. Lilio, era médico y astrónomo, se sabe que fue el principal autor de la reforma del calendario.
Después de cinco años de estudios, implantaron el calendario en 1,582 que actualmente tiene vigor en casi toda la sociedad occidental. Así desapareció el calendario Juliano, instituido por Julio César en el año 47 a. de C.  y/o 707 de la “era romana”, es decir desde la fundación de Roma y que por ende era el que se usaba mientras se discutía el tema de “las eras” (por aquello del principio de la cuenta de los años). Habían pasado más de 1,600 años de vigencia del calendario Juliano y los pequeños desajustes se habían hecho muy ostensibles al cabo de tanto tiempo. El calendario civil se había retrasado 10 días respecto al calendario astronómico mayormente por interpretaciones del calendario litúrgico; por lo que Gregorio XIII tuvo que decretar en 1,583 el salto del día 10 al 20 de diciembre. Ese año, diciembre tuvo sólo 21 días, en consecuencia no se celebró la Navidad el 25.
Resumido, se puede sintetizar así: Se excluyeron diez días, disponiéndose que el 5 de octubre se contase como 15, por tanto el 12 pasó a ser 22.  Se corrigió la duración del año solar, estableciéndose en 365 días, 5 horas, 49 minutos y 12 segundos.  Se hizo empezar el año el 1ro. de enero.  Los años seculares se convirtieron en bisiestos sólo si resultaban divisibles por 400, de este modo se ganaba la fracción de un día cada cien años, que en 15 siglos había ascendido a 10 días. Tremendo rollo… pero así y todo, el nuevo calendario fue inmediatamente adoptado en todos los países católicos, pero el resto del mundo tardó en aceptarlo, siendo Rusia el último país que lo adoptó en 1918.
 
¿El calendario comercial?
 
Parece que ha sido el comercio el responsable, sino culpable, de que las sociedades sigan festejando fuera de fecha las conmemoraciones religiosas que dieron origen a las festividades más notables del año, en casi todo el mundo occidental. Cuestión de cobranzas de sueldos y manejo de circulante, diría ahora cualquier avispado aunque no sesudo economista.
 
Aquí el problema es menos complejo pero un poco más complicado porque atrae culturas, estruja costumbres, recuerda hábitos, reposa tradiciones y altera la psiquis colectiva. Desde quién sabe cuándo, hay un décimo tercer sueldo que la gente asume como para el despilfarro y sin que haga frío aparecen abrigos, lanas, cuellos de tortuga, bufandas, ridiculeces y caricaturescas maneras de sentirse “en la nieve” de los países que la sufren mas de lo que la disfrutan… Las obligaciones sociales aumentan vertiginosamente. Todos y todas tienen que despedir el año como si fuera para borrar, sin cuenta nueva, 365 días que siempre son tildados de malos. Empresas, instituciones, familias y grupos de amistades se festejan como si llegara el fin del mundo, como si se acercara el catastrófico cometa de orbita indefinida sin que las armas de las guerras galácticas estén listas y a sabiendas de que solo podrán defender un solo país (que todos sabemos cuál es).
 
Para no quedarnos atrás o muy atrás, los dominicanos y desde que la democracia logró casi convencernos, nos apropiamos de uno de los símbolos urbanos más emblemáticos de la capital dominicana y lo reciclamos anualmente. Así hacemos del obelisco un arbolito que todos los años es peor.
El de este año no tiene suficientes luces o ya se les apagaron.
La crestona o refajo transparente que hace -formalmente- el gesto de arbolar la vieja estructura trujillista, se ve oscura y con vacíos de pena en las noches titubeantes de que si cerramos a las doce o a las dos…
Hacia el Este, por donde “sale” el sol, no hay pesebre o belén alguno. Esa debe ser la parte atrás de la ciudad, entendida desde el punto de vista cultural.
El nacimiento está colocado de frente al Oeste, por donde “se va” el sol, y hacia donde se preparan los festejos “paganos” de la Navidad que fue religiosa hasta 1965...
Norte y Sur no cuentan, como no cuenta Rufino de la Cruz en el mural patriótico que es el obelisco cuando no lo visten de arbolito. Esto así porque lo hacen parte de un escenario irreverente para la gran fiesta de fin de año.
No importa que allí esté el simbolismo en esencia del cristianismo naciendo y la ofensa urbana a la historia, en el cambio de nombre bochornoso, aquel año de 1,936 y que fue edificado en el 1,937.
Allí, esa noche, cuando se despida el año y se de la bienvenida al siguiente, el escándalo será mayúsculo y se tocarán bachatas, merengues a lo maco, hip-hop, reggaeton y cuantas malabaristicas maneras hayan de “mover la colita”.
 
Quiera el Niño Jesús que el arbolito no se apague antes de la Navidad

Enviado por el Arq. Emilio Brea
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